Faunologías
Bestiario de animales reales que parecen inventados
Tengo una teoría: muchas personas vienen al mundo con una franca vocación naturalista. A las que no les gustan los insectos, les interesan los dinosaurios, las tortugas, los caracoles o los cangrejos; o, como mínimo, les agradan los gatos, los hámsteres y los perros. Sentimos curiosidad por los cactus, las orquídeas, los hongos, las medusas y los volcanes. Nos intriga el titileo de las luciérnagas, la metamorfosis de las ranas, el vuelo nocturno de los murciélagos. Queremos saber cómo es la vida de los pulpos, qué comen los flamencos. ¿Existe en verdad gente pequeña a la que no le guste pasar el tiempo en el jardín, el parque o el monte? ¿O que no salte de emoción si se le permite alimentar a un conejo o a una gallina?
Sin embargo, el mundo adulto no tarda mucho en llegar y censurar ese perfil asilvestrado. Nos obligan a ponernos zapatos, a no pisar el césped; nos prohíben jugar en el fango. Nos enseñan a temer a las arañas, a despreciar a las mariposas negras y a las serpientes. Nos imponen la noción de que los humanos estamos aparte, separados de alguna manera del resto de los animales; nos repiten que somos diferentes, más especiales —cuando no superiores— y que, por tanto, debemos recomponer nuestra red de afectos. Nos indican que los bosques y los ríos son recursos naturales (es decir, mercancías a ser explotadas) y después nos cambian las tardes al aire libre por las pantallas. De manera que terminamos creciendo alejados de las alimañas y de los musgos, cegados por pautas culturales y religiosas antropocentristas y obsesionados por la higiene y los buenos modales. Me gusta pensar que yo escribo para devolver algo de maleza al paisaje interior que todos llevamos dentro y que se nutre a partir de las historias que consumimos.
Eso dicho, comencemos por declarar un punto quizás un tanto evidente: la naturaleza es demasiado extensa para abarcarla por completo. En sus manos, unos cuantos ingredientes primordiales se transforman en un vasto abanico de organismos. Desde los microscópicos, como la ameba amorfa, cuya constitución se limita a una sola célula, hasta los cetáceos colosales, con sus más de doscientas toneladas de tejidos. Seres de variedad tal que ni siquiera Funes el Memorioso podría nombrarlos en su totalidad. Química orgánica confeccionada con creatividad pasmosa. Presiones selectivas superadas de modos insospechados. Imaginación sin intención, fin o voluntad alguna, y, aun así, prodigiosa en lo que a pluralidad de anatomías se refiere. Es el sueño del inventor de juguetes y el delirio del miniaturista. Biodiversidad en todas sus posibilidades. De la efímera levadura al gran árbol del Tule. Del temible cisticerco al glorioso tigre de Bengala. Setas, libélulas, peces ciegos. Arañas marinas, bacterias anaerobias, serpientes voladoras y helechos arborescentes. Los intrincados caminos evolutivos conducen, en ocasiones, al menos bajo la lupa de unos cuantos modestos homínidos, a resultados descabellados. Ciclos de vida casi dementes. La selección natural favorece mutaciones que dan pie a entes singulares cuya existencia misma parece desafiar el mecanismo biológico de prueba y error a la luz del azar. Individuos, como el prodigioso axolotl, que encarnan en sí mismos la idea de que la realidad supera la ficción.
La labor enciclopédica se nos da bien a los humanos. Nuestra ansia por dar sentido a los fenómenos que imperan en la floresta nos empuja a dividir, agrupar y elaborar listados taxonómicos. Clasificaciones y filogenias que pretenden conceptualizar la inagotable inventiva silvestre. Son intentos, quizás algo ambiciosos, de comprender el mundo que nos rodea. No queremos figurar únicamente como testigos, sino descubrir sus engranajes; revelar el instructivo dilucidar de aquellos principios unificadores que sean válidos para el grueso de la muestra y, así, promulgarlos como leyes.
No obstante, siempre habrá algunos cuantos ejemplares que pongan en jaque a nuestras conjeturas. Especímenes que retan a la cordura a un duelo de probabilidades. Metazoarios de aspecto y hábitos insólitos. La zoología fantástica de Borges puesta de cabeza. Un bestiario de animales reales que podrían ser inventados.
El catálogo es amplio y opera en función de lo que se sepa sobre el tema. Para aquellas mentes aficionadas a la zoología, quizás la enigmática medusa inmortal Turritopsis nutricola —único ser vivo conocido que goza de la capacidad de revertir el reloj biológico y de, una vez alcanzada la etapa adulta, retornar a una versión más joven— no resulte tan sorprendente. Como probablemente tampoco lo sean para aquellos internautas curiosos los osos de agua, con su tremenda resistencia física y azorante posibilidad de sobrevivir en el espacio estelar. Podría ser incluso que la esquiva sanguijuela roja del Borneo, con sus cinco pares de ojos, les sea también familiar. Pero imaginemos por un momento que no conociéramos a la musaraña acuática, a la salamandra gigante del Oriente o al cefalópodo Nautilus: sus extraordinarias dotes fisiológicas nos parecerían entonces propias de organismos casi imposibles de concebir. Este breve tratado va dirigido a todas aquellas personas que no han olvidado a su naturalista interior y que gustan de tales rarezas.
*Has leído las primeras páginas de FAUNOLOGÍAS, de Andrés Cota Hiriart, un bestiario de animales reales que parecen inventados.
Presentado como un bestiario casi mitológico, heredero de los manuscritos medievales y de la imaginería de Jorge Luis Borges o Juan José Arreola, Faunologías es un fascinante gabinete de curiosidades posmoderno transformado en relato; un wunderkammer ilustrado que transformará nuestra forma de mirar a las criaturas con las que compartimos nuestro pequeño planeta.
Andrés Cota Hiriart (Ciudad de México, 1982) es zoólogo, naturalista y escritor. Autor de Fieras familiares (finalista del I Premio de No Ficción Libros del Asteroide, 2022) y Fieras Interiores (Penguin Random House, 2025), entre otros, sus textos han parecido en diversas antologías y en revistas como Letras Libres, Vice o Gatopardo. Coordina la Sociedad de Científicos Anónimos y conduce el podcast Masaje Cerebral.
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